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Las emociones positivas
Autor: Gerencia Clínica (@programasAVE) | Fecha: 05-03-2015

Es frecuente escuchar sobre lo bueno que resulta tener emociones positivas, el pensar positivamente, o simplemente “ser positivo”. La pregunta es: ¿Pensar positivamente puede cambiar realmente nuestro comportamiento? ¿Tiene alguna base esta creencia?

La respuesta se encuentra en el rol que juegan las emociones en nuestra vida cotidiana. Emoción significa movimiento, y sabemos por experiencia cómo el amor nos impulsa o el miedo nos frena.

La psicóloga e investigadora Bárbara Fredrickson, en su teoría “Broaden and Build”, plantea cómo las personas optimistas, alegres, satisfechas, son hábiles en la construcción de sus redes sociales, captan nuevas oportunidades, generan orientación hacia metas y disfrutan de bienestar y salud.

Es fácil experimentar este tipo de emociones si la estamos pasando bien, pero… ¿qué pasa si estamos en situaciones de alta incertidumbre, o viviendo una experiencia traumática? Aquí resultan ser más necesarias, puesto que ellas pueden ser la diferencia entre la vida y la muerte.

No es una exageración: este hecho fue constatado en los campos de concentración nazis. Viktor Frankl, destacado psiquiatra alemán, escribe: “el prisionero que perdía la fe en su futuro estaba condenado… Con la pérdida de la fe en el futuro perdía, asimismo, su sostén espiritual, se abandonaba y decaía y se convertía en sujeto de aniquilamiento físico y mental… se convertía en presa de la enfermedad… y moría.”

¿Es frecuente experimentar estas emociones positivas en situaciones traumáticas, críticas, de alta incertidumbre y estrés?

Una experiencia reciente nos permite afirmar que sí lo es. Claudio Ibáñez, el psicólogo que dio inicio a un clima optimista en relación con el rescate de los 33 mineros chilenos, afirmó: “Mi convicción de que estaban vivos no fue una premonición sino una predicción a partir de los descubrimientos de investigaciones con sobrevivientes. Las personas tenemos unas increíbles capacidades para salir adelante y estas se expresan con toda fuerza especialmente frente a situaciones extremas con que la vida nos desafía tantas veces. Buena parte de la exitosa historia de nuestra especie explica porque la pertenencia a un grupo ha hecho más probable la supervivencia. La capacidad de las personas para establecer vínculos, la solidaridad, el optimismo, la esperanza, la colaboración, el altruismo hacen más probable la supervivencia individual y colectiva frente a las catástrofes y tragedias.” Esta materia prima o potencial que Ibáñez denomina el lado luminoso de la naturaleza humana, viene en nuestros genes. Han sido herramientas claves vinculadas a la sobrevivencia de la especie a lo largo de millones de años y la evolución se ha encargado de incorporarlas en nuestro código genético.

¿Y qué pasa si no nos sentimos particularmente dotados de estas emociones?

Eduardo Punset, en su libro Viaje al optimismo, afirma: “el pasado fue siempre peor, y no hay duda de que el futuro será mejor. Hoy la manada reclama el liderazgo de los jóvenes, es más necesario que nunca aprender a desaprender y asumir que la gestión de las emociones es una prioridad inexcusable”

Para conocer sobre su perfil emocional puede consultar la siguiente página: http://www. authentichappiness.sas.upenn.edu/Default.aspx



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